Yo no tengo un máster

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Yo no tengo un máster, ni falta que me hace porque me sobra dignidad, vergüenza y ética para exigirle a esos bandoleros de títulos, que tengan hombría y cumplan lo que les exigen a los demás: ¡dimitir! Entre otras razones, porque ni tienen dignidad ni la han conocido, según parece por el comportamiento que exhiben.

Cuando desde un escaño del Congreso de los Diputados se lanza una acusación, se deben tener muy buenos argumentos y mejores pruebas, ya que de lo contrario no sólo se hace el ridículo, sino que además se hace mofa del electorado. No valen las excusas de pedir que se aclaren supuestas irregularidades basándose en la información de un medio que habitualmente desinforma si se trata de una formación política de izquierdas. Para ese medio, siempre, de forma rotunda, los representantes de la derecha son honrados e intachables. Es lo que ese medio (des)informativo, algunos lo llamamos panfleto, entiende como ecuanimidad.

Desde esta tribuna, pienso que es hora de que actúe la justicia y que las acusaciones y el sembrar dudas en la “res pública” no deben salir gratis, y menos a un periódico, o dos según los casos, cuya función debe ser la imparcialidad en la información. Es más los lectores, los ciudadanos, tienen derecho a una información veraz y no tendenciosa. Cuestión distinta es que un periodista o columnista, como es el caso del que firma estas líneas, exprese su opinión sobre determinado asunto. La opinión es, como su nombre indica, lo que una persona piensa y no se puede confundir con la información.

Por eso, hay ocasiones en que las cañas se vuelven lanzas. Cuando esto ocurre, la responsabilidad de las falsedades, es o debe ser, de la empresa que respalda ese medio informativo. De ahí que se argumente un poco más arriba que la justicia debería exigir responsabilidades a la prensa que informa mintiendo, es decir, que practica una información malsana.

Y viene a cuento lo anterior porque un par de sujetos (no merecen otro calificativo), amparados en una mal entendida inmunidad parlamentaria, y además fuera de sus funciones como parlamentarios, se han lanzado a sembrar dudas sobre el expediente académico de otro político, poniendo en cuarentena la legalidad de una tesis doctoral. Lo vamos a decir muy clarito para que se entienda: si el firmante fuera el ofendido, tengan la seguridad de que pondría en manos de un buen bufete el tema para que planteara una querella en los términos más duros que permita la legislación.

El cinismo y la desvergüenza de algunos, en este caso de dos elementos que se supone representan a los ciudadanos que los han votado, dando por ciertas unas supuestas investigaciones de un medio (des)informativo, deja boquiabiertas a las personas decentes. Es maquiavélico, además de esperpéntico, que un señor que se sienta en un escaño parlamentario, increpe y exija que aclare algo a otro parlamentario sobre su expediente académico, cuando el interpelante ha cambiado en dos ocasiones el nivel de sus titulaciones pasando de ostentar el grado de doctor, al de poseedor de un máster en segundo lugar, para dejar, de momento, la cuestión en una simple licenciatura. En un país medianamente democrático esto se hubiera resuelto con una dimisión inmediata.

Otro sujeto que se expresa en similares términos sobre la tesis de marras, resulta que está siendo investigado por los tribunales ante la sospecha de supuestas irregularidades en su expediente académico (decimos supuestas por aquello de la presunción de inocencia). Y no se le cae la cara de vergüenza al lanzar unas acusaciones que reflejan casi al milímetro, las maniobras que aparentemente ha sufrido su expediente, el expediente del acusador. Hay manifestaciones de la jueza que está instruyendo el caso. ¡Demencial y de juzgado de guardia!

Ambos sujetos, para más inri, comparten dos notas comunes: ser representantes de los ciudadanos y cobrar una nómina de 5 cifras. Sería muy fácil usar el recurso de “además de mentiras de cinco frases y falsedad y poca moral de 5 quinquenios”, pero discúlpenos amigo lector, no lo utilizaremos.

Tal vez la explicación al fracasado escándalo radique en tratar de ocultar las mentiras de alguno de los acusadores, o tal vez de los dos. Aunque también pudiera ser que el supuesto doctor haya desempeñado el glorioso papel de palafrenero.

De cualquier forma la dimisión de los dos sujetos de marras, daría cierta dignidad al colectivo político.

 

Nota: Ante el hastío y la repugnancia que me produce, he tratado de mantenerme al margen de las visicitudes de másteres, doctorados y plagios de publicaciones, al final no lo he conseguido: llega un momento en que, a pesar del hartazgo, no queda más remedio que opinar.